miércoles, 10 de mayo de 2017

Relatos de fútbol y algo mas...

En Falso Nueve estrenamos una nueva sección. En la cual se publicarán relatos o cuentos, como quieran llamarlos, referidos a este hermoso deporte que es el fútbol. Estos cuentos son de mi autoría y alguna similitud con la realidad es pura coincidencia. Bueno, basta de presentaciones formales y que la pelota empiece a rodar...

Perder Ganando                                                                 

“Dale vamos, no va a pasar nada, el operativo policial va a ser muy grande”. No paraba de repetir el Cabezón mientras las cervezas iban pasando y los envases ya molestaban en el suelo, ¿“Me vas a decir que tenés miedo? Si a estos los tenemos de hijo”, seguía en su afán de tratar de convencerme de ir a la definición por el torneo. Ese campeonato que tanto esperábamos todos, el que tanto soñábamos. Se jugaba de visitante, y justamente con nuestro clásico, el rival de toda la vida, que se jugaba el descenso. JUSTAMENTE EL DESCENSO Y NOSOTROS EL CAMPEONATO. El partido iba a ser de novela. Épico. Iba a quedar en la historia, el empate no les servía a ninguno. Era ganar o ganar.
En la semana se dijeron muchas cosas. Primero que se jugaría sin visitantes para prevenir algún que otro incidente. Luego de una gran puja de los locales y mismos de nuestro club, hicieron cambiar de parecer a la Asociación y el cotejo se disputaría con ambas parcialidades. Pensando en la recaudación y en el dinero que se pueda sacar de ese partido, en vez de la integridad de los hinchas.
El Cabezón no paraba de maquinar, arrancó el sábado con la manija y el convencimiento, pero nadie le daba bola. El Cabe era el más fanático de nuestro grupo de 4 amigos. Nosotros 3 éramos más tranquilos, teníamos nuestro corazón en el club pero no tanto como este desgraciado. Tatuada toda la espalda, iba todos los días al club. Se escapaba del laburo para ir a ver los entrenamientos, o un amistoso con la 6ta. En el 2008 se fue, solo hasta Salta, cuando el equipo jugó un triangular de pretemporada con 2 equipos del torneo regional de la zona. Estaba loco, totalmente.
“Pensemos en nuestros viejos, los que de pibes nos llevaban, ellos quieren que estemos ahí, desde el cielo nos están alentando a que vayamos”. Ya apuntaba a los golpes bajos, a los del corazón. Nuestros viejos se conocieron en la cancha, y nosotros nos hicimos amigos por el club. Ya llevamos 20 años de amistad gracias a estos colores, y ninguno de nuestros viejos, los inculcadores de la pasión, estaban con nosotros. Pr eso apuntaba ahí este Cabezón del demonio.
La cabeza y la razón le ganaron al corazón, y ninguno de los 3 aceptamos ir al partido debido a la inseguridad que se respiraba en el aire. Pintadas, amenazas telefónicas a los jugadores, parecía la guerra. Cuando en realidad, era algo tan simple como un partido de fútbol entre 2 equipos de zonas cercanas y que se tendría que quedar ahí. En una chicana post partido, alguna que otra cargada y se termina, pero bueno, vivimos en un país totalmente enfermo en donde se compara un partido de fútbol con la guerra.
Tres horas antes del inicio del partido, el Cabeza vino a casa en su último intento de convencimiento, y ante la negativa nuestra nos mostró su disgusto.
-Bueno voy solo manga de amargos, después no los quiero ver festejar.
-No seas boludo cabeza quédate a verlo con los pibes, picamos algo y después si ganamos vamos a la sede.
-No jodas negro, yo voy a la cancha, nos vemos-. Y encaró a la cancha solo, con su bandera y su gorro puesto, con el corazón lleno de esperanza.
El resultado es anecdótico, no viene al caso, pero si lo quieren saber, ganamos. Los derrotamos por 3 a 0 y sumamos nuestro 1er campeonato en toda nuestra historia, y encima, mandamos a nuestro clásico rival a la B. Pero ¿Saben qué? El Rengo, el Narigón y yo, perdimos. Los 3 que nos quedamos viéndolo por televisión, ese día sufrimos una derrota.
Terminado el partido nos abrazamos y festejamos. La tabla con los ya restos de la picada voló al diablo. No importaba nada todo era alegría y algarabía. Los celulares no paraban de sonar. Esos amigos hinchas de otros colores nos felicitaban y nos decían “Por fin una alegría para ustedes”, “Ya van a dejar de llorar”, “Ahora ganen la libertadores pechos frío”, y seguían. Era el día más feliz de la vida de cada uno, por fin la alegría tocaba nuestra puerta. Esa felicidad que tanto nos esquivó y que nos limpiaba en una baldosa. Los 3 seguíamos ahí, llorando y no pudiendo creer lo que estaba pasando, “Pellízcame boludo no lo puedo creer” decía el Rengo mientras arrodillado, abrazaba a la tele llorando.
Era todo un sueño, éramos felices, pero había algo que llamaba la atención…  El cabezón no aparecía. Una costumbre que tenía el Cabe, era que después de terminado cada partido, mandaba un mensaje al grupo en el que estábamos los 4. Al segundo de terminar el partido ya llegaba la notificación con el enunciado, y todavía no había llegaba nada…
“Me dijo mi primo que hubo quilombo afuera de la cancha, y me preguntó si había ido al partido” dijo el narigón, “Puta madre siempre lo mismo” exclamó después. Los noticieros dejaron de pasar festejos alegres de jugadores, para mostrar corridas. La infantería dando palazos y otros tirando balazos de goma, a nuestra hinchada. A los nuestros, bah que digo nuestros, a las personas que fueron al estadio. Porque son personas, si, compartimos colores y pasión, pero antes son personas.
“Cabezón la concha de tu hermana quien carajo te mando a irte solo” pensamos los 3 pero no lo dijimos. Los mensajes al teléfono no le llegaban, tenía el celular apagado y como siempre pasa en estos casos, pensamos lo peor, pero no lo decíamos. Lo manejaba nuestra mente mientras el televisor mostraba la barbarie.
–AHÍ ESTA, AHÍ ESTA EL CABEZÒN.- Dijo la mamá del narigón que ya estaba con nosotros, y ahí lo vimos, tirado en un cordón, con la cabeza sangrando y toda la remera manchada. Justo lo estaba levantando un camillero y lo subían a una ambulancia. La televisión comunicaba que los mandaban al Hospital Penna a los heridos, y para allá partimos.
Llegamos más rápido que la ambulancia al sanatorio, no había llegado todavía el Cabezón y nos volvíamos loco. "¿Dónde estaba este pelotudo, porque no lo trajeron?" Pensábamos. Hasta que una camilla entra a toda velocidad con el Cabe arriba, con oxígeno y sangre por todos lados, “Tiene balazo de goma en la sien” le dijo un médico a otro y se esfumaron en el aire.
A la media hora salió un doctor, que no me voy a olvidar la cara nunca en mi vida que nos dijo...“Hicimos todo lo que pudimos, la herida era muy grande, lo siento mucho”…
¿Por qué fuiste solo cabeza? ¿Por qué no lo viste con nosotros con una picada y una cerveza? ¿Por qué te mandaste así? ¿Por qué nuestro fútbol se convirtió en esto?.
La disputa comenzó debido a una emboscada que le realizaron los hinchas locales a los visitantes. La barrabrava, arregló con la policía para que le dejen vía libre y empezaron a golpear a las familias. La policía reprimió a los de la visita, dejando que los locales salgan corriendo, y ahí a nuestro hermano de la vida, porque fue un hermano que elegimos, recibió un balazo de goma  en la cabeza dirigida por un arma de un uniformado.
¿Es culpa de la sociedad? ¿Es culpa de la pelota? ¿De quién es la culpa? ¿Cuándo fue que el fútbol se convirtió en una guerra? ¿Cuándo se impuso la idea de que el de enfrente es mi enemigo solo porque quiere y alienta a otro club? Yo quería a mi hermano de la vida, junto a mis otros 3 amigos, saltando y festejando. Llorando los 4 el sueño de nuestros viejos.  La emoción mas grande de nuestras vidas. Que después de festejar, encaremos a la sede a ponernos en pedo y a seguir de caravana. Que el festejo se prolongue hasta la eternidad. Pero no, estaba en un sanatorio. Llorando la muerte de un amigo. Solo por ser hincha de un club de fútbol e ir a ver un partido. Por eso como líneas atrás dije, ese día Claypole ganó, pero nosotros perdimos para siempre.

CharliStonne
Twitter: DeLauroCharli

10/05/17

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